Mi primer día de las madres: Crónica de una batalla contra la infertilidad

Recuerdo claramente ese día de las madres del año 2015, se celebraban los tres servicios dominicales en mi Iglesia, mi hogar espiritual –Misión Cristiana Adonay–. Hubo tres predicadoras diferentes, todas eran madres, cada una abordó distintos temas de la maternidad, pero todas basadas en el mismo pasaje bíblico: 1er. Libro de Samuel capítulo 1, la historia de Ana (precisamente Ana), la mujer que no podía tener hijos… Fueron enseñanzas memorables y muy hermosas de parte de Dios para todos los presentes ese día; sin embargo para mí, Ana, la esposa de Pablo (quien ya tenía 11 años de casada y no había tenido hijos), fue uno de los días más incómodos y emocionalmente agotadores que haya vivido.

Parecía como si ese día TODAS las personas en la iglesia sintieron la necesidad de poner su mano en mi hombro para darme “palabras de aliento y esperanza”:

– ¡Tranquila, hermana! Dios te dará hijos.

¡Pronto serás la próxima!

¿y ya han buscado la asesoría de algún médico?

¡Ten fe! Así como lo hizo Dios con Ana, la madre de Samuel, lo hará contigo, hermana Ana

Sus intenciones eran hermosas, pero sin darse cuenta, y sin querer hacerlo, estaban llevándome a rastras hasta mi punto de quiebre.

A veces, sin darse cuenta, las personas maltratan emocionalmente a las parejas que viven circunstancias como la nuestra. Si este es tu caso, lo entiendes muy bien, pues, abundan las preguntas impertinentes, los consejos y sugerencias no solicitados, los chistes crueles, las bromas pesadas, la advertencia irónica, y un sinfín de comentarios… ¡Créanme! En 8 años da tiempo de escuchar muchísimas cosas. Así que si conoces alguna mujer o matrimonio que está buscando hijos y aún no los tienen, ¡no toque el tema! ¿Acaso quienes pasamos por este proceso no conocemos la verdad de nuestra situación? Si “fulano” desea hacer algún aporte, que haga oraciones por ellos y espere con alegría y fe la respuesta de Dios, porque vendrá.



Recuerdo que, tras sentirme muy abrumada y cansada emocionalmente, le dije a Dios (y luego a mi esposo): – Si para el “Día de las Madres” del año próximo no estoy embarazada ¡No iré a la Iglesia! No quiero tener que escuchar a todos decirme lo que ya yo sé, no quiero volver a vivir la avalancha de “ánimos” que escuché hoy, que lo único que hicieron fue recordarme que somos “los que no pueden tener hijos”.

Lo pesado de ese “Día de las Madres” era que mi esposo y yo, en nuestros corazones y nuestro espíritu, jamás dudamos de la fidelidad de Dios. Nosotros sabíamos ¡de sobra! que Dios nos daría hijos a su tiempo, pues, lo había prometido y confirmado muchas veces, sólo Él sabe cuándo es el momento perfecto para que las cosas ocurran, porque ya lo ha hecho muchas veces antes y lo vimos en su Palabra en Génesis 18:14, “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo”.

Si Dios le dio hijos a tantas mujeres bíblicas que eran estériles ¿por qué no habría de darnos hijos a nosotros? En lo particular, jamás le permití a la duda o a la ansiedad tomar lugar en mi mente y mi corazón, pues, médicamente nada estaba mal, ni con él, ni conmigo, o por lo menos eso nos había dicho nuestra doctora; y si hubiese existido algún problema (porque llegué a pensarlo) yo sabía que no era cuestión de salud, sino de tiempo, porque sólo El Padre sabe cuándo es el momento ideal. Así que cuando venía el desánimo o la incertidumbre, me recordaba a mí misma no ponerme en el lugar de Dios, pues “…No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad…” (Hechos 1:7).

Sin embargo, soy humana. Anímicamente me había cansado del silencio intrigante y frío de esa doctora y estaba en una especie de “huelga emocional”, no quería seguir asistiendo a sus “consultas de planificación”, a recibir un cronograma de coitos y notas en su computadora que nunca compartió con nosotros; cada mes salíamos sin escuchar nada que nos diera luz de lo que ocurría, así que la abandonamos, y pasé como un año sin ver a ningún ginecobstetra. Me aferré a una consigna: “Dios, dame hijos milagrosos como a las mujeres bíblicas”.

Dios comenzó a hablarme sutilmente, a través de familiares, amigos, y de mi hermana, Florita, una anciana de la iglesia que sin cesar oraba por nuestra descendencia; me decía que buscara otro médico, pero yo insistía en mi argumento arbitrario: – ¡Si Dios me va a dar hijos, que me los dé como a Sara, Ana o Raquel, pues no pienso ir a ningún doctor! Y cada domingo y martes de servicio, Florita me decía que seguía orando por mí, y que me buscara otro doctor.

Mi terquedad no me dejaba escuchar la voz de Dios en la sencillez, cariño y humildad de Florita. Así que Dios tomó medidas “más drásticas” y me envió a otra persona humilde, cariñosa y sencilla de la congregación (porque así de bueno y paciente es Dios), quien tuvo un sueño y quería saber su interpretación. Conversando con ella, me di cuenta que Dios quería hablarme a mí, me corregía diciéndome: – ¿Pretendes decirme cómo hacer las cosas? ¿Quién es el Dios de los cielos, tú o yo?… ¡Oh, sí! Tuve que pedirle perdón, puesto que mi soberbia y arbitrariedad había pasado por encima del plan de Dios y además había arrastrado a mi esposo, Pablo, a una espera no deseada, porque él sí quería buscar un doctor, pero –por amor– decidió respetar mi proceso; sin embargo, cuando reconocí estas cosas y me arrepentí de ellas de todo corazón, Dios hizo todo lo demás.

En Diciembre de 2015, una amiga me consiguió una cita con un doctor muy acertado en materia de dificultades para concebir (no se trataba de tratamientos de fertilidad), se esperaba que la cita saliera para 3 meses y se logró para un plazo de 20 días, fue Dios. En nuestra primera cita, el 13 de enero de 2016, este doctor nos pidió unos exámenes más profundos a los que antes nos habíamos hecho con el fin de descartar cualquier inconveniente de fertilidad que pudiese existir en mi esposo, aunque él dudaba que los hubiese; también nos indicó un tratamiento a ambos para lo que él llama “mejorar el ambiente para la concepción” y sin saberlo nos habló de parte de Dios diciendo: – Ustedes son una pareja sólida, aún son jóvenes y Dios quiere darles hijos. Eso aumentó nuestra fe, pues sabíamos que no era él, era Dios hablándonos directamente.

Tras menos de un mes de seguir ese tratamiento, el día que debíamos retirar los resultados de nuestras pruebas especializadas, me hice una prueba porque tenía una mínima sospecha por un retraso tímido y dudoso de 3 días, y ¡SORPRESA! ¡ESTÁBAMOS EMBARAZADOS! Dios lo había hecho sin tratamientos mayores y sin seguimientos; lo hizo porque obedecimos, porque le creímos, porque era el tiempo. Lloramos juntos al saberlo, oramos dando gracias a Dios por su amor y fidelidad. Nos enteramos de eso el 3 de marzo de 2016, y cuando llegamos al doctor con los resultados de todas las pruebas, incluida la de embarazo positivo, su respuesta fue: “¿¡Ya pa qué!?” Eso nos confirmó que el doctor no había comenzado su estrategia con nosotros, había sido Dios quien nos dio nuestra descendencia como lo había prometido. De modo que llegó mayo, el “Día de las Madres” (un año después), y yo disfrutaba mi cuarto mes de embarazo, así que mi reclamo con tinte de amenaza del año anterior había quedado sin efecto.

Dios sobrepasó todo lo que habíamos soñado durante nuestros 12 años de casados y 8 de buscar bebés. En un país con una crisis económica, política y social muy dura, no tuvimos que luchar por las vitaminas y medicinas para el embarazo, las conseguimos todas sin sufrimientos; con la situación venezolana actual eso es un milagro de Dios; me permitió un embarazo sin complicaciones, ni quejas, ni achaques ¡a mis 36 años!; nos dio una niña que era el anhelo de mi esposo; nos permitió un parto respetado, sin amarres, con un personal médico y de enfermería que me trató con respeto y dignidad; con la presencia de mi esposo en la sala de parto, quien bendijo a nuestra niña y declaró una palabra profética sobre ella desde el instante de su nacimiento; incluso cumplió nuestro deseo de hacer con ella “contacto precoz” (algo que no sucede en nuestro país) que es tener a la bebé durante la primera media hora de vida para amamantarla y tenerla piel con piel, allí estábamos con ella su papi y yo; no recibió fórmula en la clínica, sólo leche materna, otro de nuestros deseos y anhelos por el que luchamos tanto. Conclusión: es una niña que llegó con la gracia de Dios en todos los sentidos, y nosotros, los padres terrenales, solo somos beneficiarios de lo que Su Padre Celestial derramó sobre ella.

Si algo puedo rescatar de esta historia te diría:

  1. Aférrate a la Palabra de Dios. Él cumple sus promesas; así que, sea por concepción o por adopción, Dios te dará hijos porque Él es un Dios de generaciones.
  1. No le des lugar a la duda o la ansiedad. Dios es fiel y Él sabe cuándo es el momento correcto. No es una cuestión de salud o de la capacidad de tu cuerpo (o el de tu esposo) para concebir, es una cuestión de tiempo, el tiempo de Dios.
  1. Aprende a escuchar la voz de Dios en todo tiempo y lugar. Pasar por alto sus instrucciones te robará tiempo valioso.
  2. ¡Confía en Él! Porque hará todo aún mejor de lo que soñaste o imaginaste.

Este 2017 celebré formalmente mi primer “Día de las Madres”, a mis casi 37 años de edad. Abracé a nuestra pequeña Ivana Virginia, quien llegó como parte del plan de Dios para nuestras vidas y la de muchos otros que serán marcados por su historia y por el propósito que Dios cumplirá a través de ella. Hoy disfruto la aventura y la locura de ser madre con la mayor honra, porque Dios me consideró apta para llevar de la mano por la vida a una de sus princesas, y porque me dio el compañero perfecto para que juntos cumplamos esta labor.

Para todas las que hoy son madres les deseo un muy feliz día, recordándoles que son heroínas de la fe y formadoras de la generación poderosa que se levantará a llevar el evangelio de Cristo en la nueva Venezuela que está por venir.

 

Escrito por: Ana Adarme 

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