Lo amé y aunque jugó conmigo, siempre vuelvo a él, ¿cómo puedo superarlo?

Tuve varias relaciones pero un chico en particular fue quien me marcó. Todo se terminó entre nosotros pero a veces no entiendo por qué ese hombre al que tanto quise y al que me entregué tantas veces sólo jugó conmigo. A veces siento que lo extraño. Aunque él está con otra persona, me sigue buscando para tener intimidad y cuando no accedo, desaparece. La verdad es que regresé nuevamente con ese hombre y estoy muy mal porque yo dejé que pasara y de nuevo me usó, lo peor es que lo sigo queriendo. ¿Cómo hago? Esto me ha dejado secuelas. No aguanto más y necesito contarlo, ya estoy harta de estar así y volver siempre a lo mismo, harta de que no me tome en serio; ya sé que no me quiere pero me duele y me cuesta tanto aceptarlo…

Entaconadas responde:

Querida lectora, lo primero que debes entender es que sin importar cuantas veces tomes la decisión errada, Dios no te abandona ni te deja de amar. ¿Qué sería de nosotras si cada vez que falláramos, Dios nos abandonará? Pero no, Él permanece siempre fiel; su amor cubre multitud de fallas, es por eso es que justo así cómo estás y te sientes en necesario que te acerques a Él para que te restaure, sane tu corazón y en sus fuerzas te hagas fuerte en la debilidad. Créeme, si te aferras a Dios, en su momento sacará lo mejor de lo que hoy vives, te hará una mujer más fuerte y madura espiritualmente.

En segundo lugar, eso que sientes por ese hombre, aunque parezca amor, no lo es. La Biblia nos enseña en 1 Corintios 3:4-7 (NTV) que “el amor es paciente y bondadoso. El amor no es celoso ni fanfarrón, ni orgulloso ni ofensivo. No exige que las cosas se hagan a su manera. No se irrita ni lleva un registro de las ofensas recibidas. No se alegra de la injusticia sino que se alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia”. Como verás, nada parecido a lo que Él te ofrece ni a lo que tú le das, porque sencillamente, el amor genuino –ese que proviene de Dios y manifestamos en Él– no te lleva a hacer nada indebido.

La intimidad sexual fuera del orden que Dios establece es un pecado que, entre sus consecuencias, acarrean ataduras emocionales hacia la persona con la que intimas; ataduras que acaban por dominarte y que sólo Dios puede romper. Ahora bien, la palabra de Dios nos enseña que cuando Dios nos limpia del pecado pero no nos aferramos a Él ni nos ocupamos de mantenernos llenas de su presencia –la que nos cambia desde adentro–, cuando la tentación vuelve a tocar la puerta de nuestras vidas logra entrar tranquilamente, pues, no hay quien le haga frente ya que dejamos nuestra casa desocupada y en nuestras propias fuerzas es difícil resistir; esto acarrea sus consecuencias:

«Cuando un espíritu maligno sale de una persona, va por lugares áridos, buscando descanso sin encontrarlo. Entonces dice: “Volveré a la casa de donde salí”. Cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y arreglada. Luego va y trae a otros siete espíritus más malvados que él, y entran a vivir allí. Así que el estado postrero de aquella persona resulta peor que el primero…». Mateo 12:43-45 (NVI).

Es por ello que cada vez que caes te sientes peor y más alejada de Dios, aunque Dios siga estando ahí para ti, al alcance de una oración. Amiga, necesitas entender que aunque Dios te ama sin importar qué, debes renunciar de corazón a todo lo que sientes y a lo que te ata a ese hombre para dar a Dios nuevamente el primer lugar de tu vida.

¿Cómo hacerlo?

Primero, arrepintiéndote genuinamente de tus actos y reconociendo la condición de tu corazón ante Dios, no por lo que sufres como consecuencia de tus actos sino con conciencia de haber lastimado su corazón e ir en contra de su voluntad; esa es la diferencia entre el verdadero arrepentimiento y el remordimiento o culpa, porque el remordimiento simplemente se encarga de hacerte sentir mal por saber que hiciste algo mal, pero no porque repudies el pecado en sí, es decir, el conflicto se vuelve moral porque en lo profundo de tu corazón, sigues deseando intimar con aquél hombre aunque sabes que juega contigo y que no está bien delante de los ojos de Dios.

Cuando un arrepentimiento genuino se gesta en tu vida es porque, por encima de tus deseos, prevalece el temor de Dios; es decir, no haces nada que le dañe por amor, más allá de lo que puedas sentir.

“Pues la clase de tristeza que Dios desea que suframos nos aleja del pecado y trae como resultado salvación. No hay que lamentarse por esa clase de tristeza; pero la tristeza del mundo, a la cual le falta arrepentimiento, resulta en muerte espiritual”, 2 Corintios 7:10.

Puedes pedirle al Señor que te ayude, que ponga un arrepentimiento genuino en ti y te ayude a ser libre de esa ligadura emocional. Eso sí, el arrepentimiento genuino y el cambio llegarán cuando tu corazón se haga cónsono con tus oraciones en cuanto a renunciar para siempre a ese hombre y a lo que sientes por Él. En otras palabras, puedes estar harta de volver a él y decírselo a Dios de continuo, pero si en tu corazón no te cansas de verdad, renuncias a él y anhelas ese cambio, nada pasará.

Segundo, aferrándote con todas tus fuerzas a Dios y buscando su presencia cada día. La Biblia nos enseña a bastarnos en su gracia, pues, “su poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). ¿Cómo podría Dios perfeccionarse en ti y en tus debilidades si no le buscas ni cultivas tu relación con Él? Cuando lo hagas y la tentación regrese, entonces tomarás la decisión adecuada; resistirás porque no serás tú, sino la presencia de su Santo Espíritu en ti. “Así que humíllense delante de Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes”. Santiago 4:7.

Sin duda alguna Dios no desea que vivas lo que estás atravesando, Él desea para ti a alguien que te ame y vea cómo Él lo hace, alguien que reconozca tu valor y lo sepa respetar; para ello primero debes comprender esa verdad tú misma y aprender el valor que tienes cómo mujer, así que no te aferres más a ese hombre, no eches por tierra el valor que tienes y que Dios te dio. Hazlo por amor a ti y por amor a Dios mismo.

Por último, te invito a leer este artículo sobre las verdades detrás del proceso que atraviesas y solemos olvidar → ¿Cansada de no ver cambios? Razones por las que sueles reincidir en tus fallas.

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