No soy talla única

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Grandes cadenas en masa replican una y otra vez la prenda de la temporada. Una pieza que fue pensada para un cuerpo escultural, simétrico, perfecto e inexistente. Y el problema, a mi parecer, no está en que lo hagan, sino en que todas queramos encajar en ella. El resultado a todas luces es frustrante, así que de un tiempo para acá sólo me repito: “No soy talla única”.

Recuerdo la primera vez que investigué sobre el tema, cursaba los primeros semestres en la universidad y mi profesor de redacción nos propuso que investigáramos sobre un tema que nos apasionara y lo presentáramos en tres géneros periodísticos diferentes. Rápidamente supe que tenía que escribir sobre los cánones de belleza, debía saber quién fue el osado que sentenció, de buenas a primeras, aquello que es políticamente “bello”. Quién fue ese que dijo que la belleza se hallaba en ciertas medidas y quién fue el que excluyó a tantas de su concepto de perfección. (Fíjense que de una u otra forma asumía que debía ser un hombre). Encontré dos verdades, ninguna absoluta. La primera es que probablemente lo que hoy consideramos como bello, unos años antes era atroz y viceversa. Mientras que el segundo hallazgo es que lo grave no es que alguien nos pretenda imponer algo, es que terminemos creyendo que es así. Me dio curiosidad descubrir, por ejemplo, que a lo largo de la historia el canon de belleza ha pasado por cambios asombrosos: en la prehistoria las mujeres rollizas, con caderas y senos grandes eran las más deseadas; la anchura de su cuerpo era símbolo de abundancia y fertilidad, mientras que en el tiempo del Romanticismo una tez blanca, unos senos pequeños y firmes, más unas mejillas sonrojadas, eran lo más cercano a la definición de belleza. En el Barroco, por su parte, los excesos de maquillaje, de ornamentos y hasta de kilitos eran sinónimo de poder y de riqueza.

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No hace falta mencionar todos los cambios que se han dado a lo largo de la historia para que más de alguna se despierte diciendo: “Tierra, trágame y escúpeme en el siglo XVII”. Pero, la verdad es que no hace falta, pues realmente pocas se atreverían a hacerlo. Puede que nos quejemos una y otra vez, pero a veces es mucho más sencillo encajar en el patrón que asumir y disfrutar el hecho de ser diferentes. Y no me mal interpreten, no está mal querer o tener ciertos atributos estéticos, es incluso aceptable, el mal está en empeñarnos en ser alguien que no somos, en desvirtuar nuestra identidad tratando de encajar en una talla única. Así que la próxima vez que tengamos la tentación de encajar a juro en un patrón para el cual no fuimos diseñadas, pensemos que es mejor ser una original peculiar, que una copia que no sienta bien con nada. Y esa debe ser una máxima de estilo que debemos colocar junto al espejo.

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