No puedo competir con ella (Carta de la ex novia de un adicto a la pornografía)

Carta abierta de una exnovia de un adicto a la pornografía

“Aún recuerdo cómo me sentí cuando terminó la relación. Era raro. Por un lado sentía que todo por lo que había luchado durante años se redujo  a un  ‘nunca pasará’, a un montón de sueños inconclusos, a un sentimiento de ‘tanto nadar para morir en la orilla’. Por otro lado, de una forma mucho más profunda de lo que quería admitir, una sensación de alivio, de saber que más nunca tendría que competir por ganarme tu amor a medias.

 Me esmeré, ¡vaya que me esmeré!, pero no importaba lo que hiciera, nunca bastaba. No podía llegarle a los talones. No se trataba de que yo no tuviera lo suficiente, sino de que ella era inalcanzable, irreal e inexistetente. Me empeñé tercamente en participar en una competencia en la cual siempre quedaría descalificada, humillada y devaluada. Porque así es la pornografía: llena de una belleza tóxica, de poses y  placeres retorcidos.

 No siempre supe que debía competir por ‘tu amor’, de hecho, me llevó tiempo reconocer que en nuestra relación no solo había alguien más, existía todo un mundo de por medio.

 Pero no te culpo por todo, sé que más de una vez  fui y repasé mis límites, transgredí mis creencias y mi fe; te endiosé, como tú lo hiciste con ella.

 Durante años guardé tus comentarios en mi corazón, esos que hacías en son de juego, pero que dejaban una estela de dolor a su paso: ‘Si tan solo tuvieras los senos más grandes’, ‘tal vez en algunos años te veas más mujer’… Los guardé y repasé tantas veces. La conclusión era la misma: ‘no puedo competir con ella’.

 Me costó entender que yo era lo suficientemente real y mujer como para esperar amor y respeto de mi pareja, como para saber que nunca más debía competir con alguien, como para saber que la batalla siempre la gana quien ama más y, en mi caso, ésta empezaba en casa; debía aprender a amarme y respetarme. Esa era mi gran lucha.

 Hoy sé que cuando la persigues no solo vas por placer sexual, vas desesperada y erróneamente en búsqueda de un analgésico para tu dolor, de algo que llene tus vacíos. El remedio se te volvió más caro que la enfermedad. Y no, no te eximo de tus elecciones, pero entiendo que eres preso de un placer cada vez más efímero, de una fuente que promete saciedad, pero que al final seca cada una de tus emociones y sueños.

 Ambos buscamos fuentes de amor alternas y cavamos pozos que no retienen agua. Pero hay esperanza; hay un amor que puede ser vertido en lo más profundo de tu alma, que puede saciar el más árido de tus rincones. Un amor que crece con el tiempo y que se esparce en todas las direcciones, un amor que tiene autor y consumador: Jesús. Capaz de romper cadenas, de cubrir pecados, de restaurar y de saciar.

 Abandona la pista, corre hacia al lado correcto, porque al final de la carrera, ella siempre gana y todos quedamos descalificados”.

Estas líneas fueron redactadas en primera persona, pero encierran en su interior las luchas y victorias de grandes mujeres. Todas amigas, hermanas y, sobre todas las cosas, hijas de un Dios que les recordó que para amar a otros, primero deben ir a Él y amarse a ellas.

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