Mitos peligrosos: Las peores mentiras que nos enseñan a creer (I)

Si hay una verdad ineludible es que la crianza viene del hogar. Aunque la familia constituye nuestra principal escuela de vida, existe una especie de “principios sociales” que muchas veces nos condicionan a tomar ciertas actitudes que creemos correctas y de buen nombre, pero en realidad nos dirigen lejos de lo que imaginamos y fuera de lo establecido por Dios para nosotras. Nadie está exento de este tipo de influencia, por esa razón he titulado este post “Mitos peligrosos”, y a continuación desenmascararemos algunos de ellos:

«Sigue a tu corazón»

Vivimos en una sociedad que tiene por norma eso de “seguir al corazón” –aunque este te guíe directo hacia un precipicio–. Sin importar cuán disparatado suene, la razón es que al parecer, “el corazón nunca se equivoca”.

Si hay algo cierto del corazón es que este no conoce a la razón… Verás, solo hace falta un poco de sentido común para entender que esta premisa lo único que hará es llevarte a anteponer las emociones sobre la racionalidad, y esto, mi querida amiga, nunca trae buenas conclusiones. Bien lo explica Noa Alarcón en su artículo Otra forma de Alabanza:

“Alguien psicológicamente sano hace caso de sus emociones pero las dirige hacia donde él decide encaminarse, con pleno uso de su voluntad, y no al revés”.

¿Qué dice la Biblia de esto?

«Nada hay tan engañoso y perverso como el corazón humano. ¿Quién es capaz de comprenderlo? Yo, El Señor, que investigo el corazón y conozco a fondo los sentimientos; que doy a cada cual lo que se merece, de acuerdo con sus acciones». Jeremías 17:9-10 (DHH)

«¿De dónde surgen las disputas y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos?» Santiago 4:1 (NVI)

«El fin justifica los medios»

¡El lema favorito de quienes persiguen sus objetivos sin importar lo que cueste! –o a quien le cueste–. Sin embargo, su verdadero propósito es acallar la voz de la conciencia, pues, se trata una frase que repetimos solo para justificar nuestros actos.

Cuando una persona adopta esta premisa como parte de su vida, en vez de perseverancia, le anuncia al resto del mundo la magnitud de su ambición, puesto que hará (literalmente) cualquier cosa necesaria para lograr su cometido. Y debo aclarar: Aun cuando la causa sea noble –tipo Robin Hood–, el fin NUNCA justificará los medios ante Dios.

¿Qué dice la Biblia de esto?

«Desean lo que no tienen, entonces traman y hasta matan para conseguirlo. Envidian lo que otros tienen, pero no pueden obtenerlo, por eso luchan y les hacen la guerra para quitárselo. Sin embargo, no tienen lo que desean porque no se lo piden a Dios. Aun cuando se lo piden, tampoco lo reciben porque lo piden con malas intenciones: desean solamente lo que les dará placer». Santiago 4:2-3 (NTV)

«Un clavo saca a otro clavo»

Como si del antídoto infalible para un corazón roto y del rescate de la moral se tratara, esto es algo que escuchamos en nuestra vida cotidiana de “amigos”, compañeros de trabajo, películas, ¡y hasta de las canciones más sonadas!  Sin importar de quien venga esta recomendación, tomar dicha actitud solo es un indicativo de inmadurez emocional y egoísmo –por duro que se lea–.

Suplantar el vacío con el afecto de otra persona no es más que un paliativo que puede abrir más la herida, encaminarte hacia más malas decisiones o bien, dañar a alguien más que no tiene la culpa de lo que viviste. Míralo así: mientras tú buscas acompañar tu soledad, dar una lección a tu ex o evitar el “qué dirán” de ti y tu ruptura, desconoces por completo si tu “otro clavo” tiene intenciones serias contigo, o peor aún, si busca aprovecharse de tu susceptibilidad. En estos casos, lo mejor –y más sensato– que puedes hacer es olvidarte del “qué dirán” y tomarte un tiempo prudencial para cerrar esa etapa, sanar y poder seguir adelante.

¿Qué dice la Biblia de esto?

“Cuida tu corazón más que otra cosa, porque él es la fuente de la vida”. Proverbios 4:23 (RVC)

No te pierdas la próxima entrega y continuación de este post, Mitos peligrosos: Las peores mentiras que nos enseñan a creer (II)

 

 

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