Descubre cómo tener fortaleza en la debilidad

“¿Sabes qué me gustaría? Que en el artículo de esta semana hables de las pruebas y cómo tu fe en Dios te ayuda a estar tranquila y confiada”, me propuso una amiga y colega, al saber que atravesaba por una complicación en mi salud que ameritaba un procedimiento médico en quirófano.

Un problema que me tenía de baja desde hace dos semanas, pero que realmente padezco desde hace 15 años. La diferencia, para esta ocasión, era que había comenzado a afectar fuertemente mi desempeño desde hace aproximadamente 42 días.

Aún recuerdo cómo tragué grueso tras leer esas palabras…

“¿Y si mi fe está fallando? ¿Y si no estoy tranquila ni confiada? no puedo mentir, ¡tengo miedo! Y eso no es fe… sé que Dios tiene el control de todo esto y tiene el poder para sanarme, pero la realidad es que estoy sumamente abrumada, entristecida… ¿qué tengo para dar en este momento al escribir?… sin duda alguna, tener que escribir sobre esto tiene que ser de Dios”, pensé al respecto.

No hay artículo que escriba que no sea personal; no podría escribir de lo que no conozco o no he vivido. Sin embargo, me atrevería a decir que este es el artículo más íntimo que me ha tocado escribir. A través de estas líneas confieso que mi fe falló, confieso que una vez más cuestioné a mi creador, confieso que me dejé arropar por la tristeza y desesperanza; en resumidas cuentas, confieso haberme olvidado de las promesas que el único y gran Dios un día, en amor, me hizo.

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Todo es cuestión de fe

Sin fe es imposible agradar a Dios, pero ¿qué pasa cuando sientes desvanecerse esa medida de fe que ha sido depositada en ti? No faltó que me cuestionara y que me sintiera indigna: “Señor, tú me lo has dado todo, tú siempre has estado, tú me has levantado y ahora estoy aquí, respondiéndote así… no puedo esconderte mi corazón endurecido, perdóname por sentirme así, solo estoy cansada de que siempre sea lo mismo”, le decía.

Ahora bien, El Señor lo dejó claro; para los que le amamos, TODO obra para bien conforme al propósito para el cual fuimos llamados, y también aclaró que en este mundo tendríamos aflicciones, pero que nos animáramos, pues Él ha vencido. Todo esto me llevó a meditar en mi carácter, en la autosuficiencia (otra confesión) con la que día a día lucho.

Y aquí estaba, sumamente confrontada, enfrentando una situación que, hiciese lo que hiciese, no estaba en mis manos cambiar, mi única parte era orar y abandonarme en Él nuevamente, en un nuevo nivel de entrega, más allá de mis barreras mentales.

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Y ahí estaba Él nuevamente, hablando a mi vida con una invitación a renovar mi confianza. A Él no le importa lo que pienses, sientas, hagas o digas, Él siempre ha estado, está y estará ahí. Su amor NUNCA te abandona. Pero yo estaba bloqueada a causa de haber dejado entrar el temor a mi vida por medio de pensamientos fatales, esos tóxicos dardos que apagan la fe al impedir ver lo que Dios dice, dejando a la óptica lo que las circunstancias auguran.

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Ahora bien, ¿cómo se puede retomar esa confianza?

Retornando a la cruz. Cuando permitimos que nuestro panorama empeñe nuestra visión, solo queda regresar a Cristo. Regresar a ese momento en el que te encontrabas cuando salió a buscarte, a lo que hizo en ti cuando te encontró, al momento en que tus circunstancias no cambiaron, pero te dotó de la entereza y la paz para atravesar por la turbulencia hasta que la tormenta pasó. Vuelve al momento en que comprendiste que hoy estás aquí porque Él escogió la peor de las muertes para no vivir sin ti, para que pudieses conocerle, refugiarte y permanecer en Él.

Humildad, arrepentimiento, adoración y gratitud.

¡Cuánta vida aflora cuando decides renunciar a ti! No es algo que mis palabras puedan explicar a cabalidad, solo se puede experimentar cuando te determinas a emprender la lucha contra ti misma para abandonarte en Él.

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Si me preguntaras qué es aquello por lo que estoy más agradecida en la vida, además del sacrificio de Jesús, sin duda alguna te respondería que por mis desiertos. Es justo en esos momentos difíciles de dolor y de incertidumbre donde mi debilidad se convierte en la materia prima de Dios para moldearme, para perfeccionarme en Él, no conforme a lo que yo quiero o espero, sino a su perfecta voluntad.

Es en la debilidad donde la confianza en Cristo se fortalece a un nivel tal que solo Él cobra sentido en medio del caos; porque recuerdas que aunque no comprendas de causas, razones ni desenlaces; al final, todo estará bien simplemente porque Él ya venció y te hizo vencedora. Fue en mi más fuerte momento de debilidad donde Dios sensibilizó mi corazón hace siete años, esa fue su excusa para llevarme a conocerlo y a entender que soy amada, que tengo un propósito y que Él cuida de mí.

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Es así como hoy me confieso vulnerable, pecadora, imperfecta y con muchas luchas que librar; pero también me confieso feliz, agradecida y orgullosa de ello; ¿por qué? Simplemente porque hoy comprendo que no se trata de mí, se trata de Él en mi vida, y cuando Él es el centro, NADA puede salir mal.

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