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Amor Propio y Autoestima: El día que me respeté

amor propio y autoestima

Hablemos de amor propio y autoestima… Y del día que aprendí a respetarme.

El amor propio es un concepto que por un lado el mundo está “endiosando”, y por otro lado, algunos cristianos están haciendo pasar por pecado.

¿Donde encontramos el equilibrio?

A ver, cómo se los decimos… Tener autoestima NO está mal. La Biblia es clara, debemos amar al prójimo como a nosotras mismas. ¿Pero cómo podemos hacerlo si no nos amamos?

Amor propio NO es darle a nuestro cuerpo comida y agua. Eso es simple supervivencia.

Amor propio tampoco es endiosarnos. Eso es hedonismo. Y lamentablemente es lo que el mundo predica. NINGÚN EXTREMO ES BUENO.

Pero ¿Qué es amor propio?

Amor propio desde un punto de vista sano y equilibrado, es simplemente tener respeto por nosotras mismas, reconocer nuestro valor sin negar nuestra imperfección y reconocer que nuestra vida tiene valor.

Y no, nuestro valor no depende de cómo nos veamos en el espejo, o de cuantos kilos marque la pesa, o por cual talla de ropa usemos, sino porque Cristo dió su vida por nosotros y nos encomendó un propósito hermos a cumplir en la tierra.

Si Dios nos ama, ¿por qué nosotras no vamos a hacerlo?

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Amor propio y autoestima ¿Existe diferencia?

El autoestima es necesaria e importante, no podemos satanizarla, porque es una importante herramienta para poder llevar a cabo las tareas que nos fueron encomendadas.

Sin ella es fácil caer en distracciones que nos paralizan y nos frenan de cumplir el propósito que Dios nos ha dado para cumplir en la tierra.

¿Cuántas mujeres no hay por ahí, con un gran llamado pero paralizadas por un sentimiento de baja autoestima e inseguridad?

 

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Sabemos que no es con nuestras fuerzas, si. Pero también sabemos que el enemigo hará cualquier cosa para tenernos atadas en un rincón temerosas y llenas de pensamientos de insuficiencia y autocompasión que no nos permitirán avanzar en la carrera que tenemos que recorrer en esta vida.

Ya basta de irrespetarnos, de tenernos en menos, de tener una pésima imagen de nosotras solo porque comparamos nuestra realidad con la imagen curada de otra persona en redes sociales, o en lo que aparenta hacia el exterior.

Basta de irrespetarnos y de sabotear nuestras vidas, poniendo las demandas de los demás por encima de las nuestras solo con el objetivo de ser aceptadas o amadas.

Eso lo aprendí el día que me respeté. El día que le dije si a mi amor propio y me permití tener una autoestima sana.

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El día que aprendí a respetarme…

El día que me respeté entendí que el amor propio y autoestima también podían aplicarse en mi, de una forma sana y equilibrada, y que eso no me hacía una persona egoísta.

El día que me respeté no tenía a nadie más a quien hacer feliz que a mí misma, que mis decisiones influenciadas por opiniones o circunstancias ajenas a mis verdaderos intereses iban en la dirección opuesta de mis más fuertes convicciones.

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El día que me respeté aprendí a decir que no cuando de verdad quería decir no y a decir que sí porque sabía que eso alimentaría mi bienestar o porque únicamente hacer feliz a alguien más, de verdad traería satisfacción a mi vida y no sería simple compromiso políticamente correcto pero enteramente hipócrita y deshonesto.

No debemos fingir amar, ellos no merecen eso. Más bien necesitan que estemos presentes, siendo auténticos. Quienes de verdad te aman aceptarán tus sí y tus no sin avergonzarte, aún cuando no estén de acuerdo. Y puede que después te digan “te lo dije” pero ojalá en ese momento puedan reírse juntos.

El día que me respeté me di cuenta que mi apariencia no es un catalizador de aceptación ni personal, ni ajena. Que si invertía en ella, era porque fuese una demostración de amor propio y que eso no me hacía más o menos mujer que otras.

El día que me respeté acepté mis errores como guerras de batalla que me hacían más sabia, más madura y más como yo. Que cada cicatriz puede contar una historia e incluso ayudar a sanar otros corazones y de eso debería más bien sentirme honrada.

El día que me respeté entendí que Dios debería ser siempre el centro de mi vida ya que es quien siempre permanece y me guía, que mi única roca firme es Jesús, quien pagó su sangre por mí y me hizo su vaso frágil.

Me di cuenta que su sacrificio lo mínimo que requeriría de mí, es comenzar a respetar mi vida, mi cuerpo, mi corazón y mis convicciones.

Entonces, si, tener amor propio y autoestima está bien, quiérete mucho, reconoce tu valor como hija de Dios y sigue adelante. Con Cristo, eres más que vencedora, y de su mano harás grandes proezas para cumplir Su propósito en tu vida.

Tú vales, tú eres hermosa, imperfecta, pero hermosa creación de Dios. Quiérete mucho, pero mantén los pies en la tierra, siempre.

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Escrito por Lisangel Paolini y  Kenia Urdaneta.

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