No quiero gustarle a otros, quiero gustarme a mí

Mujer con flores

Me tomó un tiempo escribir este artículo.  Más que tiempo, me tomó mucho de valentía hacerlo. No es fácil hacerse vulnerable; no es agradable mostrar tus costuras. Pero he aprendido algo con el tiempo: hablar, o en este caso escribir, trae libertad. Y con un poco de ayuda también trae sanidad y restauración, tanto para aquel que rompe el silencio como para el que escucha.

En los últimos años Dios me ha permitido hablarle a mujeres sobre el amor propio y la aceptación. Tema que, si se tratase nada más de mis capacidades, sería incongruente si quiera sugerirlo por mi parte.

 Constantemente le preguntaba a Dios por qué me ponía a hablar del tema, cuando siempre he tenido rabo de paja en ese sentido. Cómo es posible que yo les diga a otras mujeres lo importante que es amarnos, aceptarnos y gustarnos como obra del Señor, cuando he pasado tantas horas frente al espejo cuestionando quién soy. Cómo hablarles de amor propio, cuando tengo tantas debilidades e inseguridades. Y Él, pacientemente, como si realmente fuera su obligación contestar mis interrogantes, me recordó a través de un libro aquella escena donde le dice a Pedro que Satanás le pidió zarandearlos. “Simón, Simón, Satanás ha pedido zarandear a cada uno de ustedes como si fueran trigo; pero yo he rogado en oración por ti, Simón, para que tu fe no falle, de modo que cuando te arrepientas y vuelvas a mí, fortalezcas a tus hermanos”. (Lucas 22:31-32). En palabras del Dr. Chuck Lynch, esta oración podría ser algo como esto: “Pedro, tú vas a fallar, pero a partir de esa falla serás un hombre diferente. Pedro, nunca creerás esto, pero puedo visualizarte ayudando a otros en la misma área donde has fallado. Tu inestabilidad pasada pronto se convertirá en una nueva estabilidad. Y, Pedro, le enseñarás a otros cómo hacerlo”.

No puedo describir cómo mi corazón se estremeció al leer esas líneas. Al verlas por primera vez, recordé  las palabras que vinieron a mi mente cuando estaba a punto de dar de una conferencia para mujeres en mi iglesia:

—Padre, cómo voy a hablarles de aceptación y valía a esas mujeres cuando he pasado toda la semana quejándome de lo flaca que estoy, de que toda la ropa del closet me queda grande, de todo aquello que quisiera cambiar y no puedo. Cómo voy a hablar de eso, si lucho constantemente con aceptarme.

—Por eso mismo hablarás del tema. Solo alguien que lucha con eso, puede entender y animar a otros. La diferencia está en que ahora tú sabes que cuentas conmigo para levantarte cada vez que caigas. Las demás necesitan saber que también haré lo mismo por ellas, una y otra vez.

Verán, por genética y otros asuntos de salud, siempre he sido muy delgada. Sé que suena como una maravilla, pero no lo es tanto. No cuando constantemente debes responder a comentarios como “¿pero segura que estás comiendo bien?”, “¿no crees que puedas sufrir de anorexia?”, “Estás muy flaca, ¿te dejó el novio?”, “te vas a desaparecer”. Así que desde hace dos años, cuando me vi frente algunos problemas de salud que hicieron que perdiera peso nuevamente, la aguja de la báscula tambaleó aquello que Dios venía trabajando en mí. Pero fíjense que uso la palabra “tambaleó” y no “destruyó”, pues a diferencia de la chica de algunos años atrás, no me sumía en una depresión eterna, sino que al caer, recordaba que podía levantarme y volver a los brazos de un Padre que me aceptaba tal cual soy.

Antes asentía a todo lo que los otros dijeran, a todo lo que el espejo arrojaba. Y no lo niego, aún hay días donde me veo tentada a escuchar lo que dicen, pero ya no soy la misma, y cuando eso pasa, tengo cómo responder: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. (Génesis 1:31).

Que te guste a ti

Ahora bien, titulé este artículo “No quiero gustarle a otros, quiero gustarme a mí”, porque durante mucho tiempo todas mis movidas e incluso mis oraciones buscaban cambiar algo de mí para agradar a otros o encajar en su larga lista de exigencias. Quería cambiar esto o aquello para obtener la aceptación del grupo o la atención de algún chico en cuestión. El asunto es que perseguía un objetivo inalcanzable. Porque siempre habrá algo que cambiar. Ahora, cuando decidí orar y concentrar mis esfuerzos en aceptar el diseño de Dios para mi vida, cuando comprendí que solo hacía falta que yo me enamorara de la maravillosa idea que Dios tuvo cuando me creó, empecé a caminar hacia la dirección correcta. Y quisiera decirles que es sencillo, pero no lo es. Al ser humano se le hace difícil comprender la gracia de Dios, así que dejé de esforzarme por comprenderla, y me aventuré a vivirla. No conozco todos sus parajes, pero me animo a permanecer en ella.

En su gracia descubro que  su amor me hace sentir acepta, querida y admirada. En su gracia descubro que tengo una belleza que no se mide con números ni tallas, sino con sonrisas y ojos llenos de un brillo que solo desprende un corazón contento. A Él le gusto como soy, por eso no se cansa de demostrarme su amor a través de sus muchos detalles, correcciones y de su fidelidad inagotable. Solo falta que yo me guste a mí misma. Nos falta eso, chicas. Y esa tarea es de un día a la vez, todos los días.

Así que para terminar, comparto esta pequeña oración que repito cuando siento mi autoestima desfallecer, y como les digo, no he ganado la batalla aún, pero estoy segura que no la voy a perder:

“Gracias, Padre, por amarme, por hablarme con ternura y por recordarme que todo lo que hiciste fue bueno en gran manera. Yo soy buena en gran manera, no por mis actos, ni por la forma de mi cabello o mis caderas, soy buena porque tú eres bueno y colocaste tu esencia en mí. Oro para que en todo momento tu amor perfecto eche fuera de mí todo miedo, inseguridad y complejo. Oro para que pueda verme como tú me ves: valiosa, amada y admirada. Oro para que mi fe no falle y pueda mantenerme firme en tu verdad. Tú dices que soy ‘diadema real’ y estoy de acuerdo contigo, pues jamás mientes. Hoy acepto que me diseñaste con una sonrisa en el rostro y estoy feliz con cada una de las cualidades y características que me diste, pues tu eterno poder y tu naturaleza divina claramente se perciben a través de lo que creaste. Hoy decido no solo aceptar, sino también amar, cuidar y valorar el cuerpo, la personalidad y el temperamento que me diste. Soy hermosa porque tú me has hecho hermosa. Amén y amén”.

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