La envidia: una enemiga silenciosa

Y como siempre, allí estaba ella, tan divina, tan perfecta, parece que a todos les caía bien, la carismática, la preferida, llena de una gracia que yo no tengo…

No entiendo, Dios. ¿Qué tiene ella que no tenga yo?, ¿por qué a ella la bendices y a mi solo me pasan cosas malas?…

No entiendo que le ve él a esa chica. Yo soy más bonita, ¿verdad? Yo puedo conquistarlo, puedo quitárselo, total, no estoy haciendo nada malo, él se merece estar con una mujer más decidida y yo soy esa mujer…

Es muy común escuchar frases similares a estas todo el tiempo en las telenovelas, sí, esos monólogos típicos de las villanas, esas que, aún teniéndolo todo, se empeñan en hacerle la vida de cuadritos a la protagonista solo para robarles el galán, o simplemente porque al escritor se le ocurrió que, por alguna razón, le cayera mal.

Pero qué pensarías si te digo que esas frases pueden colarse en nuestros pensamientos en más de una ocasión, quizás más de mil veces, inclusive ¡pueden adueñarse de nuestra mente! ¿Eres tú ese tipo de persona?, ¿te ha pasado alguna vez?

Ahora te invito, de una vez por todas, a reconocerlo: eso se llama envidia.

Envidia por el éxito de otra persona.

Envidia por la apariencia de otra persona.

Envidia por las relaciones de otra persona.

Sé que suena feo, pero no te sientas culpable por ello. La verdad es que quizás tú no te hayas dado cuenta, pero has caído en una trampa, una de las mayores trampas de este mundo: la envidia.

LO QUE LA ENVIDIA NO TE DEJA VER

Hay muchas cosas que nos negamos a ver cuando estamos cegadas por la envidia hacia otra persona, y una de ellas es que “sin querer queriendo” estamos siendo irrespetuosas con Dios. Verás, sentir envidia por algo que otro tiene y nosotras no, es como decirle a Dios: “¿Sabes qué? Te equivocaste conmigo, me hiciste mal, me diseñaste mal, eres injusto porque debiste hacerme (o darme) como a Petrica, ¡con ella sí que te esmeraste! pero conmigo cometiste un error”.

¡Wow!, apuesto a que no lo habías visto nunca desde ese punto de vista. Entonces, tú me dirás, ¿de verdad crees que Dios es injusto y se equivocó contigo? Yo creo que no, yo creo que las injustas somos nosotras al atrevernos a desafiar a Dios y a creernos más sabias que Él.

Además de eso – que ya es mucho -, te sorprenderá saber que hay otros aspectos importantes que la envidia no te dejará ver cuando estés cegada por ella. Algunos de estos aspectos son:

1. Reconocer y aceptar tu individualidad, tu diseño único y tus talentos, ya que estarás más ocupada apreciando los talentos de otras personas y no desarrollando los tuyos (Y sí, los tienes ¡y son muchos!).
2. Disfrutar de las distintas etapas de tu vida, porque siempre querrás vivir las etapas de alguien más.
3. Disfrutar de las personas que tienes a tu alrededor, porque quizás estarás anhelando codearte con las personas que se la pasan con esta otra niña, alias Petrica.
4. Gozar de una plena relación con Dios, ya que con eso de “no codiciarás lo que es de tu prójimo” que aparece en los diez mandamientos, Dios quiso decir: “No envidiarás”, y o sea, hello, amiga, ¡no lo estás cumpliendo!

¿CÓMO EVITAR LA ENVIDIA?

El primer paso para evitar caer en esta vergonzosa trampa es reconocer que lo que sientes por Petrica es envidia, sin importar la aparente razón que origine ese sentimiento.

Lo segundo que deberás hacer es arrepentirte de ello. Puede que esto no sea tan fácil como suena, pero créeme, a la única persona a quien le estás haciendo daño al guardar esos sentimientos es a ti misma.

Lo tercero que deberás hacer es entregar esa situación a Dios por medio de la oración. Reconocer nuestras faltas delante de Él, pedir perdón y recibir su libertad no tiene precio. Ese es el beneficio de la Gracia.

LUCHANDO CON ESE SENTIMIENTO DÍA A DÍA

Y bien, una vez que hayas reconocido tu falta ante Dios y hayas entregado en sus manos ese ámbito de tu vida que te ha llevado a sentir envidia por ‘Petrica’, es entonces cuando comienza la verdadera batalla. Porque sí, serás tentada una y otra vez a recaer, pero tú tranquila, ¡aférrate a Dios y confía! Aunque quizás ahora no puedas verlo con tus ojos, Dios se encargará de transformarte en la mujer maravillosa que Él ha dispuesto que seas.

¿Para qué perder tu tiempo deseando lo de otra persona, cuando Dios tiene maravillosas dádivas exclusivamente para ti?

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