(I Parte) En unos tacones un tanto incómodos

Cuando me escribieron para colaborar en la página, un gran hurra escuché en mis adentros. Tenía que pensar en algo y sin detenerme mucho en qué, descubrí que no podía hablar de otra cosa en mi primera nota que de zapatos, aunque de unos un tanto incómodos.

Sí, seguramente conocemos a más de una que se empeña a calzar unos que no son de su talla, unos que no le sientan. Las hemos visto hacer malabares para apenas mantenerse en pie, pero ellas creen que simplemente se ven divinas y, sobre todo, regias. Porque de eso sí están seguras que nadie llevará con tanto glamour y con tanta destreza esos zapatos tan incómodos, esa relación que no le sienta bien a nadie.

De esta idea parte el libro de Mariela Michelena,  Mujeres Malqueridas, unos de los obsequios más valiosos que me han hecho y que toda buena amiga debe compartir con aquella compañera que se empeña en hacer de amores sufridos su mejor estilo de caminar por la vida.

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Las conocemos: son inteligentes, brillantes, profesionales, jóvenes y con una docena de virtudes que, vistas desde el sentido común, no dan paso a ninguna pena tan predecible como el mal amor. Pero pasa, pasa con frecuencia que en tan redonda inteligencia, como diría Ángeles Mastretta en su cuento la Tía Daniela, no ven algo que está de ante ojitos: Lo suyo con fulanito no funciona.

Y nos preguntamos una y otra vez, ¿cómo puede extrañarlo tanto si más son las veces que no está que las que está?, ¿cómo puede creer que es lo mejor que le ha pasado si más es lo que llora que lo que ríe?, ¿por qué no es capaz de terminar esa relación que ella misma admite no le hace bien? Pues podrían ocurrir dos cosas o alguna extraña variante de estas: O tienen muy mala autoestima o una muy exagerada. Porque sí, a veces, no es simplemente carencia de estima. Hay algunas que en su desmedida percepción de sí mismas creen que pueden con todo, incluso con ese amor retorcido que ellas juran enderezarán tarde o temprano.

Pero ya es momento de dejar de hablar en terceras personas, -claro, lo digo por mí, porque esas cosas a ustedes no le pasan, seguro solo le ocurren a la amiga de una amiga- y empiezo a hablar de mí. Total, uno solo habla de lo que conoce. El problema conmigo era una suerte de mutación de las dos causas antes mencionadas, de una forma extraña, me sentía como la más necesitada de las mujeres, pero otras tantas sentía que tenía todo para redimir los pecados de un amor malsano. Yo era capaz de cambiar lo incambiable y jugaba a ser la chica del tiempo que anuncia y cambia el panorama contra todo pronóstico; la tormenta ya no sería más tormenta, porque yo había decido que iba a ser un día soleado. Me creía capaz de cambiar a fulanito, porque yo era tan buena y maravillosa que tarde o temprano él iba a cambiar por amor a mí. Yo era su felicidad y su idónea, pero él no lo sabía y yo estaba dispuesta a aclarárselo. Como sabrán fue un muy mal negocio.

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La buena noticia, aunque no lo parezca, es que tarde o temprano uno termina dándose cuenta de que ese amor no nos sienta y que, efectivamente, no somos tan poderosas como para cambiar a alguien, pero sí como para cambiarnos a nosotras mismas, bueno, con un poco de ayuda.  Y esa es una travesía que aunque larga vale la pena vivir.

Queridas entaconadas, estén o no montadas en unos angostos, empinados y duros zapatos, les invito a que sigan leyendo las próximas entradas para que juntas vayamos limpiando el armario y dejemos sólo aquellos que valgan la pena lucir. Porque si hay algo que creo haber aprendido es que los únicos zapatos por los que vale la pena sufrir son unos muy lindos Loubutin.

 

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