Cuando el matrimonio no es lo que tú esperabas

Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos… Eclesiastés 3:11

El beso, la boda y vivieron felices para siempre… Así terminan todas las películas de amor que he visto a lo largo de mi vida. Sin embargo, ¿qué hay más allá de ese momento? Si de eso se trata el amor, entonces ¿por qué el 50 % de cada matrimonio (incluso los matrimonios cristianos) terminan en divorcio? ¿Qué nos está ocultando Hollywood? ¿Es el amor de pareja una mentira o una utopía? ¿Es de verdad el matrimonio esa unión maravillosa con la que toda mujer soltera sueña desde muy pequeña?

Son demasiadas las preguntas que pueden surgir respecto a este tema, pero antes de quizás tratar de responderlas, quiero aclararte que en principio, el matrimonio es la unión de dos personas imperfectas que deben hacer su mejor esfuerzo por luchar toda su vida para imitar un modelo de amor perfecto. Y créeme, cuando hablo de este modelo de amor, no me refiero en lo absoluto a los idílicos romances y clichés que nos venden a diario en la televisión o el cine, me refiero al amor de 1 Corintios 13:

Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.

La verdad es que el matrimonio nunca, jamás, va a resultar un cuento de hadas o lo que tú esperabas. Es decir, si basas tu matrimonio solo en tus expectativas personales, lamentablemente no vas a llegar muy lejos en tu relación.

Pero para entender mejor cómo es que el amor, las expectativas personales y el matrimonio funcionan, vamos a ir desglosando por partes cada pieza del rompecabezas…

Deja tus expectativas atrás

Confieso que cuando me casé, en vez de un ramo de novia, llevé una maleta enorme llena de expectativas a mi matrimonio. Soy hija de padres divorciados, fui testigo de violencia familiar aun siendo una adolescente, y por años mi madre sufrió de nervios y depresión a causa de las cicatrices de ese evento. La verdad yo también llegué al altar con esas cicatrices, y con la carga a cuestas de no repetir la misma historia. Mi matrimonio sí funcionaría, habría romance interminable, mucha pasión y viviríamos felices para siempre.

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Pero la realidad fue algo distinta a ese “oasis de pasión” que yo tanto soñaba. Pronto llegaron los temas económicos, la rutina, el trabajo, el cansancio, las presiones sociales y la peor de todas: la comparación (de esto les hablaré en otro post). Mis expectativas me empezaban a jugar una mala pasada. La historia no era como las pintaban en las películas o en las telenovelas, y nada de esto significaba que no nos amábamos, simplemente que cuando te casas es que realmente ambos se comienzan a conocer tanto las cosas muy buenas como las malas, y es normal, nadie es perfecto, igual tú revelas tus defectos, tus miedos, tus inseguridades, tu verdadero yo. Es una mezcolanza un poco loca. Estamos hablando de dos caracteres distintos, de dos personalidades distintas, de dos modos de pensar distintos que deben aprender a convivir y a alinearse en una misma dirección.

Han transcurrido casi seis años desde que me casé con mi esposo, y hoy, luego de haber vivido las dulces y las amargas juntos, puedo decir que lo amo más que aquel primer día en el que juré estar con él “en las buenas y en las malas”. Sé que a veces soy insoportable y sé que a veces soy yo quien no lo soporto a él, pero es mi deseo y mi oración a Dios que podamos llegar a viejos juntos, hasta que “masquemos” el agua.

El amor no es un sentimiento, es una decisión

Cuando éramos novios, mi actual esposo me dijo una vez que el amor era una decisión y que si él estaba a mi lado, era porque él había decidido amarme. Era la primera vez que escuchaba esa frase, pero se me quedo profundamente grabada en mi mente y corazón.

Solemos hablar del amor como si fuera una especie de virus o bichito que nos pica y nos deja como tontas, como si en un momento estamos normal y de repente ¡zaz!,  nos enamoramos sin quererlo y luego somos como zombis, como esclavas de ese sentimiento, pero así como una gripe que un día te agarra, así un día te deja, y el supuesto amor se acaba. Y eso me pasó varias veces con varios chicos, algunos correspondidos, otros no, pero realmente ya no importa porque ahora entiendo que eso no era realmente amor. Era un “me gustas”, era un “me atrae tu físico”, era un “me atraen tus habilidades y talentos”, era un “no quiero estar sola y contigo la paso bien”, pero no, no era amor.

Ok, no te voy a mentir, siempre toda relación de pareja comienza con un “¡Wow, este chico me gusta!”, pero el resto amiga, el resto no sucede precisamente por accidente, de allí en adelante esa “chispa” inicial para que se convierta en amor verdadero requiere de lucha, de intenso trabajo y, sobre todo, de decisiones.

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No decides amar un día, decides amar todos los días, y aun cuando tu esposo o tú no se comporten de la manera más correcta, si la decisión de amarse el uno al otro se mantiene, el amor tiene esperanzas.

Jesús nos dio el ejemplo perfecto, Él  decidió dejar atrás las comodidades y los beneficios del cielo y de ser Dios, para hacerse carne y padecer las miserias de este mundo con el único fin de entregarse por nosotros y pagar por nuestros pecados. Él decidió ser el Cordero. Él escogió ser molido en lugar nuestro. Jesús pudo huir, Él pudo zafarse del sufrimiento y del dolor, pero por el contrario, Él fue bueno, lo soportó todo, nos entregó todo. Fue una decisión.

Cuando eliges colocar a tu cónyuge por encima de tus expectativas personales en el matrimonio, estás invirtiendo en ese amor. Sé por experiencia que esto no es nada fácil, en especial porque cada quién arrastra a su relación algunas cargas, algunas heridas y traumas, pero el secreto está en procurar entregar esas cargas y esas cicatrices a Dios y no en pretender que el cónyuge las sane.

Cuando aprendemos a entregarle a Dios todo y a alimentarnos de su amor, es allí cuando el poder infinito de su amor nos da la capacidad de amar a nuestra pareja a pesar de que las cosas quizás no marchen como en un principio esperábamos.

El amor definitivamente es la suma de muchas acciones

Ahora bien, si analizamos un poquito esas líneas de 1 Corintios 13, versículos del 4 al 7, podemos detallar algo: Cada oración involucra al amor conjugado con un verbo y seguido de un adjetivo. Y cuando en una oración hay un verbo, eso implica que hay una acción. Por lo tanto podemos ver que Dios define el amor como una serie de acciones conjuntas.

Lo que el mundo de las películas, libros y televisión nos muestra es que el amor “se siente bien”, pero la mera verdad es que el amor no necesariamente siempre se siente de esa manera. Sí, es cierto, a veces recibir un gesto de cariño por parte de nuestro esposo se siente de maravilla, otras veces recibir rechazo de esa misma persona se siente horrible, y muchas otras veces en la convivencia con esa persona no se siente nada, pero aun así seguimos amando y aun así nos siguen amando.

No creo que Jesús se sintiera bien cuando lo estaban crucificando, pero con todo, Él nos seguía amando, estar allí soportando todo eso sabiendo que si lo hacía, nosotros seríamos libres del pecado por medio de la gracia. Fue la “acción” que definió su amor y que aún hoy en día lo sigue definiendo.

No estoy diciendo con ésto que debas soportar violencia física, verbal o psicológica en tu matrimonio porque el amor “no siempre se siente bien”, cualquier tipo de abuso en una relación es un caso aparte y extremo, y bajo ninguna circunstancia ninguna mujer debe soportar ésto, sino más bien denunciarlo. El amor según 1 Corintios 13 debe ser algo de parte y parte, y Dios, bajo ninguna circunstancia, tolera el abuso de un hombre contra una mujer (véase Efesios 5).

Entonces, tal vez tu matrimonio no sea hoy en día como imaginabas que sería, tal vez sea mejor, o tal vez no haya cubierto tus expectativas (que casi siempre son irreales y egoístas), pero eso no quiere decir nada con respecto al amor que hay entre tú y tu cónyuge. Recuerda que él, al igual que tú, llevaba ciertas expectativas también al altar, y que tal vez tú tampoco estás cumpliendo. Lo que realmente importa ahora es que ambos decidan amarse a pesar de cualquier diferencia o problema, y que tomen acciones que ayuden a ese amor a salir adelante.

No existen matrimonios perfectos, porque no existe ser humano perfecto, recuerda siempre que detrás de cada matrimonio exitoso no existe una vida sin conflictos, existe la misericordia infinita de Dios y una suma de las decisiones y acciones de dos buenos perdonadores.

 

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