Lo que nunca te dicen del matrimonio

Advertencia: si has comenzado a leer este artículo deberás hacerlo hasta el final, por tu propio bien.

Esto es un monólogo. Yo hablándome a mí misma. Un monólogo que primero fue mental y que luego escribí al descubrir que tal vez a una que otra le sirva de algo navegar por los extraños pensamientos de esta escritora.

Hace algún tiempo escuché una premisa algo graciosa “Yo creía el que el matrimonio era sólo andar en calzoncillos correteando por la casa, pero pronto me di cuenta que no era así”. Esto me hizo dudar sobre si debía casarme o no. Tal vez no sería tan mágico como creía, pero las ganas de estar con mi mejor amigo por el resto de mi vida, me animaron y sin mirar atrás me atreví a dar el paso. ¡No sé en qué me estoy metiendo!

Sí, tal vez aquella premisa tenía razón, aquellas costumbres de comodidad que tenía de soltera debí dejarlas de un día para otro. Siempre he vivido de forma cómoda, no millonaria, pero cómoda. Contaba con esa chica que hacía todos los oficios en la casa, qué alivio honestamente. Pero hace 9 meses, cuando dije las palabras: “Sí, acepto” mi vida dio un giro, y sí, muchos pensarían que dejé mi vida cómoda para ser la esclava de un hombre, aún me asombra que literalmente me lo dijeron. Y por esto, muchos pensarían que ese giro fue para dejar mi vida en la ruina. Y, yo aquí pensando… es triste que muchos solo me han contado lo difícil del matrimonio, y sí que hay dificultades…

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Cocinar decentemente por primera vez, para muchos será algo fácil y de costumbre, pero he tenido que “asistir” a un par de clases con el canal Gourmet para que mi pobre esposo no muera envenenado. Y no sólo eso, sino negarme a mí misma y servirle primero la comida a él antes que a mi ¡pfff, y uno con ese hambrón! Lavar la ropa de ambos, nunca lavé ni siquiera mi ropa, así que en la primera lavada las toallas fueron a dar con los pantalones negros (error, grave error) y la ropa blanca con una media roja que se me escapó por allí y ahora toda mi ropa combina.

Podría seguir analizando mis penurias, barrer y coletear no es gran cosa, pero vamos, hacerlo todos los días sí que se vuelve tedioso. Ni empezar a hablar de eso de compartir la cama; nada como estirarse toda y dar vueltas como reina en un cama amplia sin tener que tropezarte con un escombro de carne y hueso a cada rato, y lo peor, la lucha eterna por ver quién se queda con más de la mitad de la sábana al final de la noche. Y ahora que lo pienso, sí que hay mucha lucha, lucha por el control del tv, lucha porque él quiere dormir con lamparita y yo en completa oscuridad, lucha porque yo quiero comprarme cada zapato que veo en la tienda y él, está demás decir que no lo quiere. Sí, luchas, luchas. Pero también me pregunto ¿por qué no me dijeron que casarme iba a ser la mejor decisión de mi vida? Porque sí, sin duda ha sido una de las mejores cosas.

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Decir “al aire” que tengo un antojo de comer un “snickers” y que él llegue del trabajo con 2 barritas de esas. Que aunque él odie ir de compras diga “ese vestido te queda mejor, mi amor” aunque sé que para él ambos se me ven igual y no nota una mínima diferencia entre los vestidos. Que cada vez que se vaya al trabajo me de un beso en la frente así esté en los brazos de Morfeo. Que cuando estoy en mis días diga “Poechita, tiene las hormonas locas” y me abrace, en vez de enojarse y adoptar el mismo comportamiento irracional que yo tenga.

-Suspiro- Dormir entre sus calurosos brazos que me reconfortan del estrés del día, ese abrazo de oso acompañado de un “tranquila, todo va a estar bien” cuando estoy a punto de estallar. Que me saque las risas más locas y sinceras con tantas ocurrencias. Tener el enfermero más sexy y consentidor del planeta cuando estoy enferma. Tener a la mano un detector de mentiras que sabe que cuando digo “No tengo nada”, es todo lo contrario. Tener la oportunidad de sentirme toda una chef y ver su cara incómoda que dibuja una sonrisa nerviosa diciendo “Ehm, no te quedó tan mal”. Las cosquillas, las risas, las locuras. Vivir tantas aventuras en las que unas terminan bien y otras mal, pero en las que siempre disfrutamos juntos. Sí…es la mejor decisión que he tomado, y creo que si en unos 20 años me vuelven a preguntar, tomaría esta decisión una y otra vez.

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