Heridas del alma: Cómo sanarlas y aceptar las cicatrices

heridas del alma

Sanar las heridas del alma siempre es posible, y su resultado es maravilloso…

Las heridas del alma son aquellas que no se ven, pero que duelen tanto que a veces sentimos que el corazón literalmente está roto.

Pueden ser heridas causadas por perder un ser amado, por una rotura amorosa, por la enfermedad de un hijo, por una traición, por muchas razones.

Estas heridas emocionales cuando sanan también dejan cicatrices, cuentan sobre algo que pasó y que logramos superar, algo de lo que podemos dar testimonio y que muestra qué tan fuerte somos y qué tanto podemos avanzar.

Sanar no implica olvidar, de hecho necesitamos recordar eso de lo que hemos sido rescatadas y transformadas.

Recordar hará que no permitas que esas heridas del alma te causen el mismo dolor, recordar tus heridas y mirar cada una de tus cicatrices del alma te enseñará cómo superar los momentos de dificultad cuando estos se avecinen.

Hoy quiero decirte que sanar las heridas del alma es posible.

Cada una de nuestras marcas emocionales habla del poder de Dios en nuestras vidas, de que se puede volver a empezar, de que sentir dolor no es señal de un final sino una oportunidad de acercarnos más a Dios y hacer evidente su poder en nuestras vidas.

Las cicatrices del alma son difíciles de evidenciar, de ti depende mostrar a los demás que aunque estén ahí esas señales, el dolor quedó atrás.

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Hace unas semanas hablaba con alguien de esos temas de mujeres relacionados con la estética, y surgió un comentario sobre la condición física en que actualmente me encuentro.

Se que esto a simple vista no tiene mucho que ver con las heridas de adentro, del alma, pero quiero que veas el ejemplo y esto te ayude a sanar tus heridas emocionales, así como yo he podido sanar las mías.

Le respondí que en realidad no existe el cuerpo perfecto y que tengo varias marcas en el mío.

Estas marcas o cicatrices no producen en mí ningún tipo de molestias porque creo que cada una de ellas cuenta una historia de algo que he superado, son heridas que lograron sanar, son batallas que he logrado ganar.

Así es, esas heridas del alma me han convertido en una guerrera. Y lo harán contigo también si permites que Dios las transforme. Solo Él puede hacerlo.

¿Tienes fe? Porque eso es fundamental…

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Te cuento sobre el origen de algunas de mis cicatrices…

Cuando era niña caí sobre un plato de cristal, lección aprendida: No correr con platos de cristal en las manos; así que, me dieron varias puntadas en el abdomen.

En otra ocasión me caí de la cama mientras daba saltos en ella (puede parecer que no, pero era una niña tranquila), había una plancha caliente cerca y al caer la plancha se pegó a mi costado y tengo una gran marca que va de mi cadera a la altura del pecho.

Aún hay más… Ya de adulta, me practicaron una cirugía que agregó una cicatriz a mi abdomen, ¡listo! he revelado secretos que muchos no sabían.

El punto es que esas cicatrices tienen su historia y valor; no le pregunté a mi mamá, pero sé que después de las caídas que me llevaron al hospital por la cortada y quemadura puedo afirmar que me convertí en una niña más cuidadosa y precavida, lo sé porque no pasaron más accidentes de este tipo.

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Así como de esos accidentes aprendí a ser cautelosa, la cicatriz de la cirugía me recuerda el dolor y los meses de desesperación que sufrí antes de que el doctor pudiera identificar la causa de mi mal y me llevara al quirófano, y por eso hoy gozo de salud y puedo entender que aunque tarde, la respuesta llega, el dolor se va y la restauración se concreta dejando solo el recuerdo de lo que fue.

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Físicamente una cicatriz es una señal o marca que queda en la piel después de cerrarse una herida. Una herida es una lesión, que se produce como consecuencia de un corte, un disparo, una presión, un roce.

Pero, emocionalmente, una cicatriz es una impresión profunda y duradera que deja en alguien un hecho doloroso, una pena o un daño moral.  

No hay por qué avergonzarnos de nuestras cicatrices, son el testimonio de algo que fue restaurado ya sea física o emocionalmente, con la prueba de que nuestras heridas han sido sanadas.

Jesús, el hijo de Dios, mantuvo las marcas de su crucifixión y esto fue de testimonio a sus discípulos y seguidores de que realmente había resucitado, estaba vivo y sus marcas cuentan la historia de resurrección que ha llevado a la vida a millones de personas.

De esa misma manera puedes comenzar tú a ver esas heridas del alma como algo más que un pasado tormentoso o algo que te causa mucho dolor, las heridas del alma pueden sanar en Jesús y dejar cicatrices, que son los recuerdos, pero que ya no duelen, sino que recuerdan que aunque pasamos por un momento de dolor, por la gracia de Dios ahora somos más fuertes.

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Somos mujeres restauradas. Guerreras para Dios.

¿Cómo puedes dar valor a tus cicatrices del alma?

Ayuda o da apoyo a alguien que lo necesita a través de tu testimonio y de la maravillosa gracia de Dios en tu vida.

Deja que tus cicatrices cuenten su gran historia.

Recuerda que la herida debe sanar antes de llegar a ser una cicatriz, que la cicatriz es señal de que algo ha sanado completamente, y que a través de ellas podemos mostrar el poder de Dios en nuestras vidas, disfruta tu sanidad y comparte tu historia de restauración con personas que lo necesitan.

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