“Ni con amnesia, ni sordo” (Cuando Dios responde una oración)

hermanas

 Creo que todas podemos estar de acuerdo en algo: muchas veces es más fácil recordar lo que no tenemos que aquello que Dios nos ha dado, ¿cierto? ¿o es algo que solo me pasa a mí?

De hecho, si me preguntan cuál es la oración o petición que a menudo viene a mi cabeza, en un arrebato de sinceridad, les diré que es aquella que aún Dios no ha contestado.

Pero hay dos buenas noticias: la primera es que Dios no sufre de amnesia y nunca olvida alguna de nuestras peticiones, no importa cuánto tiempo haya pasado, ni lo infantil que pareciese en el momento, si es conforme a su propósito Él la cumplirá. La segunda es que, aunque tú sí sufras de ella,  Él no dudará en refrescarte la memoria.

Hace unas semanas atrás estaba en uno de esos días donde pareciese que la esperanza escasea, donde la opción más fácil es decir: “olvídalo, ya no pasará”. Y fue ese día, donde Dios en su infinita gracia, me recordó que lo que para mí llega tarde, para Él llega en el tiempo perfecto.

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Ese sueño que había olvidado

La escena: estaba sentada en la orilla de mi cama, tratando de conseguir un poco de fuerzas para repetir esa oración, al no encontrarla, dejé caer mi cabeza sobre la almohada con resignación. En ese momento Dios me hizo recordar aquello que hoy ni siquiera considero una oración, pero que claramente era el anhelo de una niña pequeña. Una que ni siquiera recordaba cuánto tiempo deseó aquello. Acto seguido, supe que Dios había cumplido un deseo de mi corazón, uno que ni en mis sueños más locos, pensé que se pudiera cumplir.

Todo pasó en diciembre del año pasado. En un día sin muchas novedades; venía de una reunión de trabajo y me disponía  a descansar. Nada extraordinario hasta que sonó el teléfono. Era un mensaje privado por Instagram. Era de una muchacha, una que nunca había visto y de la que nunca había escuchado. Palabras más, palabras menos, el mensaje decía: “Me llamo Andrea y probablemente sea tu hermana”.

Improbable para ti, no para Dios

Esta es la historia: soy hija única, de madre soltera. Tengo 26 años, así que tener una hermana a esta altura del partido era bastante improbable. Pero no solo tenía una hermana real, de carne y hueso, prácticamente de mi misma edad, sino que también vivía en mi misma ciudad, compartía mi fe y teníamos varios amigos en común. Hasta al momento, ninguna de las dos entiende cómo fue que no nos conocimos antes, pero agradecemos la misteriosa obra de Dios.

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Siempre he contado con muy buenas amigas y con media docena de primas que son como mis hermanas, tal cual. Sin embargo, en mi corazón siempre estuvo el anhelo de tener una hermana. De hecho, cuando era niña llegué a insistirle a mi mamá que adoptara un niño y no lo recuerdo muy bien, pero hay una gran probabilidad que, de manera muy infantil, le hubiese pedido a Dios alguna hermanita con la cual compartir.

Andrea y yo somos hermanas por parte de papá. Ella no tiene otros hermanos por parte de mamá y su historia es asombrosamente muy parecida a la mía, así que cuando logramos conocernos fue una bendición de todas las maneras posibles.

Hermanas
Mi hermana y yo celebrando su primer cumpleaños juntas.

Conocerla para mí fue el fiel cumplimiento de esta palabra: “Dios ubica a los solitarios en familias; pone en libertad a los prisioneros y los llena de alegría”.

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Salmos 68:6.

Dios aún no responde mi oración, tampoco sé cuándo lo hará o si la responderá exactamente como lo pedía, pero sí sé que me dará algo mejor y justo como lo necesito. Hoy sé que Dios no sufre de amnesia como para olvidar nuestras oraciones, ni mucho menos es sordo como para no escucharlas. No importa cuánto tiempo haya pasado, Él cumplirá.

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