El día que comprendí la gracia de Dios

El otro día conversaba con un amigo acerca de esas batallas que peleamos en distintas áreas de nuestras vidas y pude ver cómo el querer alcanzar un estándar de rectitud se vuelve tan abrumador que perdemos de vista las pequeñas victorias que obtenemos.

Como hombre, estamos envueltos en una sociedad que incentiva dar rienda suelta a todos nuestros deseos, indiferentemente si sea conveniente o no; puedes estar en medio de una batalla contra el licor o el cigarrillo y enfrentarte a un contexto en donde todo te invita a no dejarlo. Como cristiano, puedes desear profundamente mantenerte en pureza sexual y luchar cada día por evitar miradas inadecuadas a mujeres que evidentemente se visten para provocar.

Mi amigo me compartía su satisfacción por haber ganado una batalla que naturalmente perdía frente al alcohol, yo lo felicitaba y compartía su alegría; sin embargo, le decía que, aunque la hubiese perdido, Jesús podía borrar esa derrota, dándole la oportunidad para obtener una nueva victoria.

Como seres humanos, nuestra tendencia es al pecado; sentimos culpa, y nos avergonzamos ante Dios porque fallamos, es aquí cuando muchas veces no entendemos la gracia de Dios. La gracia no justifica el error, pero sí es una oportunidad para hacer las cosas de una mejor manera.

Dios conoce nuestros corazones y si nos esforzamos en fortalecer esas áreas que nos cuestan, podemos volver a sus pies para encontrar nuevamente su amor. El pecado muchas veces nos hace alejarnos de Dios, pero su gracia es un puente para acercarnos a Él. Las pequeñas victorias hay que celebrarlas y tomarlas en cuenta.

Entendiendo la gracia de Dios

En los años que tengo como seguidor de Jesús, escuchaba sobre su gracia y predicaba sobre ella, pero no fue hasta el momento en que lo único que tuve fue eso, que la entendí.

Hace poco tiempo perdí una batalla en la cual deshonré a Dios, mis valores e hice daño a seres queridos que creían en mí. La culpa llenó mi corazón de desesperanza, pues no me sentía merecedor del perdón. A pesar de que tomar una mala decisión ha traído consecuencias difíciles, a través de la confesión y el arrepentimiento pude recibir el perdón de Dios, de mis seres queridos y levantarme. Entendí por primera vez en cuatro años la gracia de Dios, me dejé arropar por ella teniendo muy en cuenta que él murió por los pecados que he cometido, por este que cometí y los que voy a cometer, trabajando conscientemente en lo que debo para no volver a tropezar.

“pero Él me dijo: Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo”; 2 Corintios 12:9 (NVI).

La gracia te limpia, pero no te excusa. Es lo que te impulsa a una mejor versión de ti. ¡Qué poderosa puede ser una mala experiencia, para corregirte, levantarte y usar ese testimonio para mostrar esperanza al caído!

La paradoja del cristiano sin misericordia

Luego de toda esta experiencia, pude ver que la raíz de esa culpa que sentí en mi corazón era que para mí mismo era muy difícil perdonar. Reflexionaba en esos días la frase del Padre nuestro que dice “perdona nuestros pecados, como nosotros perdonamos a quienes pecan en contra nuestra”; esa parte de la oración que nos enseñó Jesús, nunca la comprendí hasta que me sucedió esto. Estoy siendo retado a perdonar como fui perdonado y a tener misericordia como la han tenido conmigo.

El otro día, me encontraba en la iglesia y una persona con la que conversaba, cuestionó una de mis amistades por su historia y sus luchas. En ese momento me di cuenta que muchísimas personas – lamentablemente también dentro de la iglesia– no han recibido lo que yo recibí. Comprendí por qué tantos se van de la iglesia o ni si quiera se acercan a alguien para abrir su corazón. El juicio genera una herida que perjudica la vulnerabilidad de quien es juzgado, pues cuando tienen la suficiente valentía para confesarse, reciben juicio sobre misericordia y reglas sobre gracia.

Cuando Jesús estaba en la tierra, estuvo entre personas enfermas y necesitadas. En Marcos se refleja el momento en el que se sentó a comer junto con pecadores; los líderes religiosos lo señalaron, preguntando a sus seguidores “¿por qué su Maestro come con cobradores de impuestos y personas de mala fama?”, a lo que Jesús les contestó: “Los que necesitan al médico son los enfermos, no los sanos. Y yo vine a invitar a los pecadores para que regresen a Dios, no a los que se creen buenos” (Marcos 2:17, TLA).

Cristiano, te pregunto: ¿Te estás sentando a comer con gente de mala fama? ¿A cuántos enfermos les estás dando la buena noticia? ¿Hay entre tus allegados alguien a quien estés acercando a Jesús? O solamente te rodeas de personas “buenas”.

Si nuestro modelo a seguir es Jesús, ¿por qué seguimos lejos de los enfermos?

Esta reflexión nos debe llevar a una acción, por lo cual he decidido que este nuevo año que comienza seré diligente en la misión que me encomendó Jesús y la posición que me ha dado, te invito a que te unas:

  • Invertirte en amistades y/o familiares que no conozcan a Jesús.
  • Perdona como te gustaría ser perdonado. Recordando que el que no perdona, no recibe misericordia.
  • Acércate a Jesús aun cuando no te sientas merecedor de su gracia.
  • Celebra tus pequeñas victorias, éstas te fortalecerán para enfrentar grandes batallas.

 

Escrito por Luis Castro en colaboración con Lisangel Paolini.